RÒTOVA

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dissabte, 30 de març de 2013

CAPAIMONA AMATENT



ELS MASOS DE CAPAIMONA
LA LUCTUOSA LLEGENDA

Va ser cap a la dècada dels anys 40 del segle passat quan el mas de Capaimona va ser definitivament abandonat. A partir d’aquesta època va començar el lent però progressiu assolament d’aquest petit caseriu poblat durant fins aleshores per dos o tres famílies, ruïna afavorida pel continu espoli de part de les seues dependències. Una bona mostra de l’estat en què es trobava el lloc el podem comprovar a partir d’una visita realitzada en començar la dècada dels anys 80 del segle passat[1]. Si el viatger ja constatava la situació de degradació dels masos, a hores d’ara s’hi troba pitjor. Però deixem a l’autor que ens conte com va trobar els masos i ens relate  el que s’ha anomenat la llegenda de Capaimona. Ens diu Arturo Moreno...

Corrían los primeros años de la década de 1980, cuando un sábado brumoso dirigí mis pasos hacia un barranco recóndito, dentro de la Vall de Alcalá (Alcalá de la Jovada).
Por aquel entonces, solo había acceso desde Vall del Seta (Balones, Benimasot, Tollos) o desde la Baronía de Planes a través de Margarida. Iba en busca de unos massos abandonados hace cuarenta años y que había leído en algún sitio que eran un buen ejemplo de lo que había sido en el pasado una explotación agrícola autárquica (autosuficiente). Cuando llevaba unos tres kilómetros de caminata desde el pueblo (percibiendo el perfume del romero, tomillo y salvia), me salió al encuentro un pequeño pero denso carrascal. Casi de inmediato, nada más salir del bosquecillo y con el fondo de la Sierra de Alfaro, aparecieron los altivos (a pesar de su abandono) Massos de Capaimona.

Se componían de dos casas de campo y de una capilla pequeña o ermita. Entré en la finca por una gran puerta con su arco estilo romano. Casi todas las piedras de sillería han sido robadas. El tamaño de la puerta se debía a que animales (mulos, caballos), carros y personas entraban por el mismo lugar.
Una vez en el patio principal, vi a mi izquierda los establos y a la derecha el lugar donde se depositan los racimos de uva (aún quedaban pequeñas líneas en la argamasa, indicando cada trazo un cántaro sacado del depósito). Al fondo estaba el corral y en la parte más alta estaba el palomar. Aún resistía una vieja higuera y un aljibe que recogía el agua de lluvia.
Admirando los arcos de la ruina se podían imaginar fácilmente la belleza caduca de este edificio. Era una gran masía... en la que podían vivir fácilmente dos familias con hijos y abuelos. El tiempo ha pasado fugazmente y ya llevaba más de una hora en el lugar. Cuando ya pensaba en irme, observé unas formaciones rocosas planas con unos dibujos, como petroglifos, de formas redondas y con oquedades.

En ese momento, me sobresaltó un relámpago y al levantar la mirada descubrí junto a la puerta de la masia a un hombre mayor, de unos setenta años. Me dirijí hacia él (el camino de salida no me dejaba otra solución) y nos saludamos en mi mal valenciano (lo entiendo, pero no lo practico).

El agricultor me indicó que era de un pueblo cercano, que estaba jubilado y que de vez en cuando solía venir por aquí. Al decirme su nombre y apellidos, le indiqué que debia ser descendiente de los mallorquines que poblaron esta tierras, después de la expulsión de los moriscos. Se quedó sorprendido y enseguida me preguntó algunas cosas... hasta que cogimos un poco más de confianza. En ese momento, la lluvia arreció y nos resguardamos dentro de una sala de la casa, cigarrillos en mano y haciendo honor a la bota de vino. En ese momento, me preguntó si conocía la historia de estos massos y, al darle mi respuesta negativa, me la contó:

"Yo conocí a la última familia que vivió aquí; el padre se llamaba Tío Sebastián y dominaba a su familia como un verdadero dictador. Su palabra era ley y sus hijos le tenían un miedo atroz. Falleció su mujer, dicen de la mala vida que la daba, y el hijo mayor abandono la hacienda, quedándose solo con su hija. A ella no la dejaba salir de la masía, ni que tuviera tratos con nadie. Esta tiranía se hizo finalmente insoportable para la hija que un día se colgó de una viga. Aún queda gente mayor en los pueblos de la contornada que se acuerda de este suicidio".

Se quedo callado de una forma extraña, como si aún no hubiera concluído su relato. Yo sólo acerté a decir "¡qué triste historia!"
A todo esto había parado de llover, nos levantamos, salimos al campo, nos despedimos y antes de iniciar su camino giró varias veces la cabeza a derecha e izquierda, como asegurándose de que estábamos solos y me dijo bajando la voz:

La història no és trista, és pitjor: Se li va a penjar un fill, però en va perdre dos!

Apenas había salido de mi asombro, cuando mi buen amigo ya desaparecía por el barranco, dejándome solo ante la viga de la entrada.


Però la informació a la qual ha tingut accés MARGE GROS, si bé coincideix en part amb aquesta narració, aporta una sorprenent novetat, més trista si cap que la relatada. Però això, amb altres dades de Capaimona, ho deixarem per al darrer lliurament.


[1] ARTURO MORENO, La leyenda de los massos de Capaimona, en Asociación Cultural Alicante Vivo (www.alicantevivo.org/  )



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